En nuestras iglesias hay desde hace tiempo un éxodo masivo de jóvenes. No es preciso indagar mucho para darse cuenta que esto es un hecho real y alarmante. Digo real y alarmante porque si no tomamos las soluciones adecuadas pronto estaremos viviendo en un geriátrico eclesial o vegetando en el recuerdo de tiempos pasados.
Es muy difícil encontrar padres que se planteen y reconozcan que una de las razones del que sus hijos no quieran saber nada de la iglesia es que mucho de lo que ven y oyen en ella les resulta penoso, que nuestros cultos les son demasiados rígidos, que poco tienen que ver con la vida real y que no conectan ni atraen a nadie.
Puede ser que ese Dios que predicamos está demasiado lejos del mundo en que les ha tocado vivir para presentarlo como la única solución. Nosotros no lo tenemos colgado en una cruz de madera pero muchos de nosotros si lo hemos metido en la cajita de nuestras definiciones y conceptos. Ese Dios es el grande, poderoso, creador del cielo y de la tierra, omnipotente, omnisciente, etc. pero casi nunca hemos hecho énfasis en que está muy preocupado por nosotros y por nuestros problemas, que quiere reír y llorar con nosotros, que quiere compartir nuestra vida, esa vida de cada día como dice en su oración Jesús, porque conoce nuestras dificultades, nuestras tentaciones.
Siempre les hemos instruido sobre la mala actuación del sacerdote y del levita de la parábola y el buen comportamiento del samaritano, pero casi nunca les hemos dicho que Dios estaba con el malherido dándole fuerzas para superar aquel trance. Ese es un Dios desconocido para muchos. Ese es el Dios de los problemas de la vida real, que cuida de los estudiantes, de los parados, de los marginados, de los drogadictos, de las mujeres, etc.
Les hemos aleccionado sobre un Dios que no se preocupa por lo humano, por lo cotidiano, que desconoce cuales son los problemas actuales de los jóvenes. Mucha escuela dominical utilizada como sucedáneo para librarnos, eso es lo malo, nuestra responsabilidad en la escuela de la vida cristiana.
Además, nuestros jóvenes no están dispuestos a vivir cierta esquizofrenia cristiana que vivimos muchos padres. Demasiados años viviendo una doble vida, la de lunes a sábado y la del domingo, para que sigamos siendo un ejemplo válido para nuestros hijos.
Ese puede ser uno de los problemas de la ausencia de jóvenes en nuestras iglesias. Pero hay otra cuestión que me preocupa mucho más por lo que he podido hablar con alguno de ellos: el concepto de pecado o el no mires, no toques, no digas, no hagas, etc.
Y es que existen dos posibles estilos de vida cristiana: El defensor a ultranza de la sana doctrina y el abierto a la acción del Espíritu Santo. Leer Mas en la Web.
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